RES POLITICA MUNDIALIS - 11. LA REPÚBLICA INFECTADA
11. LA REPÚBLICA INFECTADA
“Anatomía de una Infestación Parasitaria: el colapso del ecosistema político y la urgencia del exterminio simbólico de la izquierda caviar.
Por Joseph Abraham Villacorta Olano, M.D.
En el decadente ecosistema del Estado, la infestación parasitaria política ha alcanzado niveles alarmantes, reproduciéndose como plagas de insectos políticos que, bajo el camuflaje de la democracia, se alimentan vorazmente del erario y de la voluntad popular. Son auténticos parásitos institucionales: zancudos del presupuesto, cucarachas del consenso, termitas del Estado de derecho. Estos políticos caviares —refinados en discurso, pero voraces en apetito— se arrastran por los pasillos del poder, inmunes a la ética y adictos al privilegio. Urge aplicar un plaguicida cívico, una fórmula regenerativa que no solo expulse la infestación, sino que prepare el terreno para un nuevo ecosistema político. El exterminio simbólico de esta clase degenerada no es violencia, sino profilaxis: una desinfección necesaria para salvar lo que queda de la república.
Infestación parasitaria: el colapso del ecosistema político y la urgencia del exterminio simbólico
En toda civilización decadente, tarde o temprano, las estructuras políticas son tomadas por formas inferiores de vida pública: larvas ideológicas, alimañas burocráticas, termitas legislativas. Lo que en otro tiempo fue una república naciente, vibrante de ideales y principios, se convierte en una madriguera de intereses, una ciénaga donde prospera la infestación parasitaria política. Estos parásitos —que se mimetizan en partidos, fundaciones y ONGs— han convertido el Estado en su huésped, y al pueblo, en una masa anémica, explotada con la eficiencia de un enjambre hambriento.
La metáfora entomológica no es gratuita. Desde los tiempos de Aristófanes, en su comedia Las avispas, se denunció con ironía la corrupción judicial de Atenas, una ciudad devorada por ancianos jueces que picoteaban multas como avispas insaciables. En el siglo XX, George Orwell lo llevaría más lejos en Rebelión en la granja, donde los animales —símbolos del pueblo— son traicionados por cerdos ilustrados que, bajo la promesa de igualdad, instauran un sistema aún más opresivo. En ambos casos, el problema no son las instituciones, sino la infestación del poder por entes degradados, sin vocación de servicio ni respeto por el bien común.
Hoy, los insectos políticos se reproducen con la velocidad de una plaga sin control. Zancudos ideológicos, que revolotean alrededor de causas justas para succionar recursos. Cucarachas de pasillos ministeriales, inmunes a todo escándalo. Hormigas rojas del progresismo boutique, que marchan en filas coordinadas para defender privilegios con retórica de justicia social. Son los políticos caviares, aquellos que almuerzan en restaurantes gourmet mientras exigen al pueblo sacrificio y austeridad. Seres que simulan sensibilidad, pero viven del Estado como garrapatas de cuello blanco.
Este proceso de infestación parasitaria no es espontáneo, ni tampoco inevitable. Es el resultado de un ecosistema político colapsado, sin depredadores institucionales eficaces, sin anticuerpos ciudadanos activos. Las urnas, en vez de ser instrumentos de limpieza democrática, se han convertido en incubadoras de nuevas larvas partidarias. Cada elección renueva el ciclo de la plaga.
Ante este panorama, hablar de plaguicidas políticos no debe sonar a delirio ni a provocación, sino a sanidad republicana. La ciudadanía, como auténtico soberano, debe asumir un rol higiénico y regenerador. No con violencia, sino con exterminio simbólico: exclusión del voto, revocatoria de mandatos, eliminación de inmunidades, control ciudadano permanente, y sobre todo, educación política desde las bases. Un pueblo culto es el mejor pesticida contra los corruptos.
La historia es clara. Las repúblicas que no desinfectan su sistema político a tiempo, terminan por colapsar. Roma cayó más por la corrupción interna que por los bárbaros. La Francia del Antiguo Régimen fue devorada por su aristocracia antes de ser decapitada por el pueblo. En América Latina, los brotes populistas y autoritarios han sido siempre precedidos por una élite política infestada, sin legitimidad moral ni capacidad técnica.
La gran pregunta que nos interpela no es si la plaga existe —es evidente—, sino si el pueblo tiene el coraje y la lucidez de enfrentarla. ¿Seguirá tolerando los nidos de corrupción en cada institución? ¿Continuará normalizando el zumbido de insectos políticos que sobrevuelan cada campaña? ¿O despertará, escoba en mano, a limpiar la casa común de la patria?
El futuro de nuestras democracias no dependerá de nuevos discursos, sino de una profilaxis estructural. Porque mientras no se erradique la plaga, cualquier reforma será mero maquillaje sobre un cuerpo infectado. Y cuando el cuerpo está enfermo, no basta con buenas intenciones: hay que aplicar tratamiento de choque.
30 de junio 2025
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