RES POLITICA MUNDIALIS - 8. IQUITOS: DESPUÉS DE MÁS DE CINCO DÉCADAS…

 8. IQUITOS: MI REGRESO DESPUÉS DE MÁS DE CINCO DÉCADAS…
DESDE EL AUGE DEL CAUCHO EN EL SIGLO XIX HASTA LA INDIFERENCIA DEL SIGLO XXI: UNA CIUDAD OLVIDADA EN EL CORAZÓN DE LA SELVA.


Por Joseph Abraham Villacorta Olano, M.D.


Acabo de regresar a Lima con el alma dividida, procedente de Iquitos, donde la selva se desborda en belleza indómita, donde la tierra respira con el aliento antiguo de la Amazonía, donde cada hoja, cada aroma, cada plato servido en una mesa humilde es un himno a la vida. La biodiversidad deslumbra como un milagro cotidiano y la gastronomía —sabia, intuitiva, ancestral— condensa siglos de diálogo con la naturaleza. Y sin embargo, junto a esa exuberancia viva, sentí una tristeza profunda, como si caminara entre ruinas invisibles. Porque Iquitos también es una ciudad detenida, que flota en el tiempo como un barco sin puerto, esperando desde hace décadas una mirada del Estado que nunca llega, o llega tarde, o llega en forma de limosna. Lo que vi fue una herida abierta entre la abundancia de la selva y la escasez del progreso. Una ciudad que merece mucho más que promesas, y que no debería conformarse con las migajas de la patria.



Iquitos no es solo una ciudad: es una isla sin puentes, una promesa rota envuelta en un verdor infinito. Allí donde la selva canta y los ríos se bifurcan como arterias abiertas del continente, reposa una urbe que conoció el fulgor del caucho y luego el silencio del Estado. Fue París tropical y capital del oro blanco amazónico; hoy es periferia de la república, frontera interior de un país que nunca llegó del todo. Aislada por la geografía, pero aún más por la política, Iquitos sobrevive como testimonio del olvido sistemático, del centralismo que envejece mal y de la incapacidad de un Estado para abrazar su propio pulmón verde.



Yo caminé por sus calles hace más de medio siglo. Era niño entonces, y en el calor espeso de su atmósfera sentí ya el soplo de una historia que se había detenido demasiado pronto. Iquitos me pareció entonces una ciudad suspendida, como un barco varado en la selva. Medio siglo después, he regresado, y fue como si el tiempo hubiera girado en círculos sin avanzar. La misma bruma sobre el río, los mismos rostros marcados por la espera, el mismo abandono vestido de rutina. Iquitos no ha sido olvidada por accidente: ha sido condenada al margen, arrinconada por una patria que la menciona en los mapas pero no en sus políticas. Y sin embargo, ahí está: viva, obstinada, como una flor creciendo en la grieta del concreto.



Iquitos es una ciudad que resiste, pero no celebra. Bajo su cielo pesado de nubes densas y un sol que cae como plomo líquido sobre los tejados oxidados, la pobreza no pide permiso: simplemente habita. No es la miseria escandalosa que rompe cristales, sino la penuria silente que se cuela por las rendijas de cada casa elevada sobre palos cansados. Es el niño que juega en el barro, con la panza hinchada de parásitos y la risa intacta; es la mujer que camina horas hacia un hospital sin camas, con su dignidad envuelta en una bolsa plástica; es el anciano que escucha promesas de progreso mientras repara su bote con los restos de una lona vieja.



La educación —ese faro que debería alumbrar el porvenir— aquí apenas titila. En sus aulas húmedas se enseña lo que se puede, con lo poco que se tiene. No hay libros suficientes, ni materiales, ni maestros preparados para la selva profunda del siglo XXI. Los niños aprenden más de la lluvia que del Estado, más del río que de los programas oficiales. En vez de abrirles las alas, la escuela muchas veces les enseña a sobrevivir sin volar.


El sistema de salud no cura: consuela. Los hospitales huelen a tiempo detenido, y las salas, si no están cerradas, están llenas. El dolor se multiplica en sillas plásticas, y la muerte llega sin ruido, como un mosquito más. En Iquitos, enfermar es un acto de fe, y sanar, un milagro improbable.


El tránsito es una sinfonía desafinada: un enjambre de motocarros que zumba sin dirección ni orden, como si la ciudad quisiera moverse rápido hacia ninguna parte. No hay semáforos que manden ni veredas que protejan. El asfalto cede, las calles sudan, y el humo de los motores mezcla su hollín con el vapor de la selva.


Y sin embargo, la ciudad late. Late con el corazón viejo de sus habitantes, con la terquedad vegetal de sus árboles, con la música que brota de alguna radio vieja en una esquina de madera. Iquitos, incluso abandonada, incluso herida, se niega a morir. Como si en su raíz amazónica hubiese una voluntad de vida más antigua que el propio Estado que la olvidó.



02 de junio 2025

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