RES POLITICA MUNDIALIS - 12. COMUNISMO Y ATEÍSMO

 

 12. COMUNISMO Y ATEÍSMO
Dos caras de la misma moneda...
dos expresiones de un mismo vacío espiritual...

Por Joseph Abraham Villacorta Olano, M.D.


A lo largo del convulso siglo XX, el comunismo emergió no solo como una doctrina económica de redistribución radical, sino como un proyecto antropológico totalizante, cuyo propósito último fue el reemplazo sistemático de toda trascendencia por una racionalidad materialista de carácter absoluto. No basta con comprenderlo como una ideología de clase o un sistema económico; el comunismo, en sus expresiones históricas más puras, se erigió como una religión secular de salvación inmanente, donde la utopía terrestre suplantaba al paraíso celestial, y donde el Partido ocupaba el lugar ontológico de Dios.
Este desplazamiento no fue accidental. Desde sus orígenes teóricos, el marxismo abrazó una forma de ateísmo estructural, entendiendo la religión como un constructo ideológico destinado a perpetuar la alienación de las masas.

Karl Marx afirmaría, con lapidaria contundencia: “La religión es el suspiro de la criatura oprimida... es el opio del pueblo.”
Con esta sentencia, no solo denunciaba la función social de la religión, sino que la situaba como enemiga directa de la revolución.

Vladimir Lenin, consciente de la necesidad de eliminar todo residuo espiritual en la nueva sociedad comunista, profundizó esta postura con pragmatismo brutal: “Toda idea de Dios es una abominación. Toda religión es una abominación del más peligroso tipo.”

Así, el ateísmo dejó de ser una opción filosófica para convertirse en un imperativo político, y la represión religiosa pasó a formar parte del aparato de control ideológico del Estado.

Como reacción a este proceso de deshumanización sistemática, el testimonio de Aleksandr Solzhenitsyn adquiere una dimensión profética. Tras décadas de sufrimiento bajo el totalitarismo soviético, el escritor concluyó: “Los hombres han olvidado a Dios; por eso ha sucedido todo esto.”

No se trata aquí de una queja espiritual, sino de un diagnóstico ético y civilizatorio: la ausencia de Dios abre inevitablemente la puerta al nihilismo político y al absolutismo estatal.

Incluso desde el pensamiento liberal, Alexis de Tocqueville advertía que “el despotismo puede prescindir de la fe, pero la libertad no puede sobrevivir sin ella.”
Estas palabras, escritas en el siglo XIX, resuenan con vigor frente al fracaso moral de los sistemas políticos que intentaron refundar la sociedad desde el vacío espiritual.


En este sentido, comunismo y ateísmo convergen como dos manifestaciones complementarias de un mismo proyecto civilizatorio: la secularización extrema del ser humano, la abolición de todo fundamento trascendente y la institucionalización de la materia como principio rector de la existencia. No estamos frente a una simple coincidencia histórica, sino ante una simbiosis ideológica que ha marcado con fuego el destino de millones.


El intento comunista de rediseñar al ser humano desde una lógica puramente material condujo inevitablemente a la amputación de su dimensión espiritual. En ese proceso de reingeniería antropológica, el ateísmo no fue una derivación filosófica, sino una condición ontológica del proyecto revolucionario: era necesario silenciar a Dios para instaurar al Estado como única fuente de sentido, moralidad y redención.

Este silenciamiento de lo divino no se dio en el vacío. Fue acompañado de la construcción de un nuevo lenguaje político, de una nueva moral ideológica, y de una nueva liturgia civil —con mártires revolucionarios, catecismos partidarios y mecanismos de confesión pública— que replicaban en forma profana lo que antes pertenecía al ámbito de lo sagrado. Así, el comunismo no abolió la religión; la sustituyó.

Hoy, en una época signada por nuevas formas de totalitarismo cultural y relativismo moral, el estudio de esta convergencia entre comunismo y ateísmo no debe considerarse un ejercicio arqueológico. Es una advertencia crítica: las ideologías que niegan el alma y disuelven a Dios terminan socavando la dignidad humana y legitimando estructuras de dominación aparentemente racionales pero esencialmente opresivas.
Frente a un mundo que oscila entre el nihilismo consumista y el neocolectivismo tecnocrático, resulta urgente recuperar la idea de trascendencia como límite ético frente al poder. Solo cuando el ser humano reconoce que no es el centro absoluto del universo, puede impedir que el Estado o la ideología se conviertan en su verdugo.

08 de julio 2025

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