RES POLITICA MUNDIALIS - 16. LA FARSA CAVIAR Y LA HIPOCRESÍA DEL PROGRESISMO

16. LA FARSA CAVIAR Y LA HIPOCRESÍA DEL PROGRESISMO: Marxistas con champagne y socialistas con terno italiano

Por Joseph Abraham Villacorta Olano, M.D.


El caviarismo no es una ideología coherente, es una puesta en escena. Un espectáculo de ilusionismo político en el que los protagonistas se disfrazan de intelectuales cosmopolitas, defensores de los derechos humanos y guardianes de la democracia, pero tras el telón esconden un proyecto estatista, dogmático y excluyente. Se presentan como modernos y sofisticados, pero en el fondo encarnan lo más rancio del socialismo fracasado: una izquierda que sabe degustar champagne francés y lucir ternos italianos mientras pontifica sobre la miseria del pueblo.

El doble discurso como arte culinario
Los caviares han elevado el doble discurso a una cocina de autor. Hablan de democracia, pero celebran el silencio impuesto en Cuba, el hambre administrado en Venezuela y la represión exportada desde Nicaragua. Proclaman pluralismo, pero cancelan y estigmatizan a todo aquel que piense distinto. Convierten los derechos humanos en un manjar de ocasión: los sirven en elegantes banquetes académicos, pero los retiran del menú cuando las víctimas no convienen a su narrativa. Así, su progresismo no es la ética ni la justicia, sino marketing moral con etiqueta de lujo.

La hipocresía del progresismo ilustrado
El caviarismo es, en esencia, la hipocresía institucionalizada. Son socialistas en el discurso, pero empresarios de sí mismos en la práctica. Hablan del pueblo, pero nunca lo visitan. Se llenan la boca con la palabra inclusión, mientras monopolizan cátedras, consultorías y contratos estatales. El progresismo caviar es un club privado, donde el acceso depende de credenciales universitarias, relaciones internacionales y un perfecto dominio de la corrección política. Desde allí dictan lo que es “aceptable” en el debate público y reducen toda disidencia a caricatura.
El negocio del victimismo
La victimización es su moneda de cambio. A través de ONGs y organismos multilaterales, convierten el dolor ajeno en capital político. Las tragedias se convierten en conferencias, las injusticias en consultorías y la memoria en contratos. Pero jamás aparecen cuando la víctima es un empresario extorsionado, un ciudadano común asaltado o un país entero devorado por la inflación socialista. La selectividad no es un descuido, es su método: los derechos humanos son válidos solo cuando sirven a su rentabilidad ideológica.
El poder de la burocracia ilustrada
A diferencia de la vieja izquierda de barricada, los caviares prefieren el asalto silencioso a las instituciones. No toman las plazas, toman los escritorios. Desde universidades, ministerios, tribunales y medios de comunicación, han colonizado los nodos de poder que les permiten ejercer control sin necesidad de fusiles ni marchas. Allí dictan el currículo escolar, redactan sentencias, diseñan políticas públicas y moldean la opinión. La suya no es una revolución estridente, sino una dictadura elegante, administrada por burócratas ilustrados que predican igualdad mientras disfrutan privilegios.
Marxistas de Bares y Cafés
El caviarismo es, al final, un fenómeno de revolucionarios de Bares y Cafés. Prefieren las tertulias con vino importado a las calles que dicen defender. Su radicalismo es de escritorio: redactan manifiestos en laptops de última generación mientras condenan al capitalismo que les provee de confort. Se indignan contra la desigualdad, pero jamás renuncian a los lujos que la sostienen. Son marxistas de biblioteca, socialistas de conferencia y profetas de la pobreza ajena.

Conclusión: la farsa servida en bandeja de plata
La farsa caviar es la representación más costosa y absurda de la política contemporánea. Un progresismo de etiqueta, envuelto en discursos elevados pero vacío en coherencia. Son marxistas con champagne y socialistas con terno italiano, los gourmet de la indignación que transforman causas nobles en excusas para perpetuar privilegios.
Desenmascararlos no es un capricho, es una necesidad democrática. Porque mientras esta farsa siga montada, la política seguirá siendo un teatro donde los actores se enriquecen con aplausos internacionales, y el público —el ciudadano común— paga la entrada con su libertad, su esfuerzo y su futuro.

¡ES HORA DE DESPOJARLOS DE SUS LUJOS Y PRIVILEGIOS Y CAMBIAR SUS TERNOS ITALIANOS POR PONCHOS DE ALPACA Y SUS CABERNET SAUVIGNON Y CHAMPAGNE EN CERVEZA ARTESANAL, PARA ESTAR A LA ALTURA DE NUESTRO PUEBLO!


08 de setiembre

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