RES POLITICA MUNDIALIS - 22. EL "CLIC ACTIVISMO" Y LA GENERACIÓN Z:
22. EL "CLIC ACTIVISMO" Y LA GENERACIÓN Z:
EL VOTO SIN CONCIENCIA
- José Villacorta Olano -
Resulta inconcebible —y profundamente alarmante— que una generación sin educación cívica, sin formación patriótica y sin comprensión histórica del país tenga en sus manos la capacidad de definir el destino del Perú en las elecciones del 2026. La llamada Generación Z, nacida entre finales de los noventa y mediados de los dos mil, representa hoy alrededor del 30 % del electorado nacional. Y, sin embargo, buena parte de sus integrantes no conoce ni las raíces ni los desafíos fundamentales de la nación por la que votarán para gobernar.
Esta generación, moldeada por la inmediatez de las redes sociales y la dictadura del algoritmo, vive en un ecosistema donde la apariencia pesa más que la verdad y la emoción más que la razón. Crecieron en un país sin educación cívica sólida, sin un currículo patriótico que despierte orgullo nacional y con una escuela pública desmantelada por décadas de desinterés estatal. Han sido formados para consumir información, no para pensarla; para reaccionar ante las tendencias, no para construir criterio.
El resultado es visible: millones de jóvenes desconectados de la realidad política, incapaces de identificar a sus autoridades, desinteresados por la historia republicana y, lo que es peor, vulnerables a la manipulación ideológica. Las redes sociales han reemplazado a los libros; los “influencers”, a los pensadores; los “memes”, a los debates. La política se ha convertido, para muchos de ellos, en un espectáculo que observan desde sus teléfonos, sin sentir que forman parte de un proyecto nacional.
Sin embargo, el problema no radica únicamente en los jóvenes, sino en los gobiernos que los educaron —o, mejor dicho, que los deseducaron—. Durante más de tres décadas, el Estado peruano abandonó el civismo en las aulas, eliminó la educación moral y redujo la historia patria a unas cuantas fechas memorizadas sin contexto ni orgullo. De ese vacío nacieron generaciones de ciudadanos funcionales, pero no patriotas; consumidores, pero no republicanos.
A esta generación no se le enseñó a amar al Perú, sino a sobrevivir en él. Y esa diferencia es crucial. Porque quien no ama su país vota sin conciencia, y quien vota sin conciencia se convierte en instrumento de manipulación política. De allí el riesgo enorme de que el futuro político del Perú quede en manos de una juventud sin formación histórica, emocionalmente impulsiva y fácilmente influenciable por la propaganda digital o por los discursos populistas de ocasión.
Mientras tanto, los verdaderos constructores de la república —los que aún creen en el trabajo, el esfuerzo y el civismo— observan con preocupación cómo el país se dirige hacia un proceso electoral donde la opinión pública será moldeada más por las tendencias de TikTok que por los programas de gobierno. En un escenario así, el voto deja de ser una expresión de conciencia y se convierte en un acto impulsivo, emocional y desinformado.
El “clic activismo” es la forma política dominante de esta generación: una ilusión de participación sin compromiso real.
No se trata de culparlos individualmente. El fracaso es estructural y educativo. Durante décadas, el sistema peruano desmanteló la formación moral, cívica y patriótica, sustituyéndola por una enseñanza utilitaria que prioriza la tecnología, la superficialidad y el consumo inmediato. La escuela dejó de enseñar el valor del civismo y la responsabilidad social. Así, se ha gestado una generación hiperconectada, pero desconectada del país; informada, pero sin pensamiento crítico; libre, pero sin propósito.
Esta juventud domina las redes sociales, la inteligencia artificial y el lenguaje digital, pero desconoce los fundamentos de su Estado y la historia de su nación. Son capaces de recitar las tendencias de TikTok, pero ignoran los nombres de los héroes que forjaron la independencia. Denuncian desigualdades globales, pero son indiferentes ante las fracturas morales y políticas del Perú. Su participación política se diluye en el clic activismo, esa ilusión moderna de compromiso que consiste en compartir una consigna sin comprenderla, aplaudir una causa sin defenderla y exigir cambios sin involucrarse.
La política, por su parte, ha contribuido a esta desconexión. Los discursos son obsoletos, las instituciones carecen de legitimidad y los partidos se han convertido en maquinarias clientelistas. Frente a este panorama, la Generación Z reacciona con desconfianza o apatía. Y, sin embargo, en su indiferencia reside un peligro mayor: la abdicación del poder ciudadano. Cuando millones de jóvenes dejan de votar o lo hacen sin conciencia, la democracia se convierte en una ruleta emocional dominada por el marketing, las redes y los algoritmos.
No es un fenómeno aislado del Perú. En buena parte del mundo, esta generación ha sustituido la lectura por el consumo audiovisual y el debate por el espectáculo. Pero en un país como el nuestro, donde la institucionalidad es frágil y el populismo se reinventa en cada elección, esta apatía juvenil puede definir el rumbo de la nación. Un voto sin reflexión es un voto fácilmente manipulado. Y un electorado sin raíces es el terreno fértil de los demagogos.
Sin embargo, aún hay esperanza. La Generación Z podría convertirse también en la generación del despertar. Para ello, el país necesita una revolución educativa y cultural que devuelva a las aulas la enseñanza del civismo, la ética pública y la historia del Perú. No basta con enseñar informática o inglés: hay que enseñar patriotismo, identidad y pensamiento crítico. Un joven que no conoce el sacrificio de Grau o Bolognesi, que no comprende el sentido del voto o la importancia de la ley, difícilmente podrá construir un país mejor.
El futuro del Perú no depende solo de sus líderes, sino del nivel de conciencia de sus ciudadanos. Si esta generación continúa anestesiada por la trivialidad digital, heredará una república vacía de valores. Pero si asume el reto de pensar, informarse y amar a su patria, podrá convertirse en el motor de una nueva refundación moral.
La democracia sin educación cívica no es libertad: es caos disfrazado de elección. Y un voto sin conciencia no es un acto de soberanía, sino una renuncia silenciosa al destino del país. En el 2026, el Perú no solo elegirá un presidente; elegirá también entre la lucidez y la ignorancia, entre la responsabilidad y la inconsciencia, entre la república o su propia disolución.
¡TODAVÍA HAY TIEMPO DE ENRUMBAR LA NAVE PERDIDA Y ERRANTE DE ESTA GENERACIÓN!¡ESTO SOLO SE PUEDE LOGRAR CON UN NUEVO LIDERAZGO DE AUTORIDADES QUE AMEN NUESTRA NACIÓN Y LUCHEN POR HACER GRANDE NUESTRO PERÚ!
¡MAKE PERÚ GREAT!
- José Villacorta Olano -
Resulta inconcebible —y profundamente alarmante— que una generación sin educación cívica, sin formación patriótica y sin comprensión histórica del país tenga en sus manos la capacidad de definir el destino del Perú en las elecciones del 2026. La llamada Generación Z, nacida entre finales de los noventa y mediados de los dos mil, representa hoy alrededor del 30 % del electorado nacional. Y, sin embargo, buena parte de sus integrantes no conoce ni las raíces ni los desafíos fundamentales de la nación por la que votarán para gobernar.
Esta generación, moldeada por la inmediatez de las redes sociales y la dictadura del algoritmo, vive en un ecosistema donde la apariencia pesa más que la verdad y la emoción más que la razón. Crecieron en un país sin educación cívica sólida, sin un currículo patriótico que despierte orgullo nacional y con una escuela pública desmantelada por décadas de desinterés estatal. Han sido formados para consumir información, no para pensarla; para reaccionar ante las tendencias, no para construir criterio.
El resultado es visible: millones de jóvenes desconectados de la realidad política, incapaces de identificar a sus autoridades, desinteresados por la historia republicana y, lo que es peor, vulnerables a la manipulación ideológica. Las redes sociales han reemplazado a los libros; los “influencers”, a los pensadores; los “memes”, a los debates. La política se ha convertido, para muchos de ellos, en un espectáculo que observan desde sus teléfonos, sin sentir que forman parte de un proyecto nacional.
Sin embargo, el problema no radica únicamente en los jóvenes, sino en los gobiernos que los educaron —o, mejor dicho, que los deseducaron—. Durante más de tres décadas, el Estado peruano abandonó el civismo en las aulas, eliminó la educación moral y redujo la historia patria a unas cuantas fechas memorizadas sin contexto ni orgullo. De ese vacío nacieron generaciones de ciudadanos funcionales, pero no patriotas; consumidores, pero no republicanos.
A esta generación no se le enseñó a amar al Perú, sino a sobrevivir en él. Y esa diferencia es crucial. Porque quien no ama su país vota sin conciencia, y quien vota sin conciencia se convierte en instrumento de manipulación política. De allí el riesgo enorme de que el futuro político del Perú quede en manos de una juventud sin formación histórica, emocionalmente impulsiva y fácilmente influenciable por la propaganda digital o por los discursos populistas de ocasión.
Mientras tanto, los verdaderos constructores de la república —los que aún creen en el trabajo, el esfuerzo y el civismo— observan con preocupación cómo el país se dirige hacia un proceso electoral donde la opinión pública será moldeada más por las tendencias de TikTok que por los programas de gobierno. En un escenario así, el voto deja de ser una expresión de conciencia y se convierte en un acto impulsivo, emocional y desinformado.
El “clic activismo” es la forma política dominante de esta generación: una ilusión de participación sin compromiso real.
No se trata de culparlos individualmente. El fracaso es estructural y educativo. Durante décadas, el sistema peruano desmanteló la formación moral, cívica y patriótica, sustituyéndola por una enseñanza utilitaria que prioriza la tecnología, la superficialidad y el consumo inmediato. La escuela dejó de enseñar el valor del civismo y la responsabilidad social. Así, se ha gestado una generación hiperconectada, pero desconectada del país; informada, pero sin pensamiento crítico; libre, pero sin propósito.
Esta juventud domina las redes sociales, la inteligencia artificial y el lenguaje digital, pero desconoce los fundamentos de su Estado y la historia de su nación. Son capaces de recitar las tendencias de TikTok, pero ignoran los nombres de los héroes que forjaron la independencia. Denuncian desigualdades globales, pero son indiferentes ante las fracturas morales y políticas del Perú. Su participación política se diluye en el clic activismo, esa ilusión moderna de compromiso que consiste en compartir una consigna sin comprenderla, aplaudir una causa sin defenderla y exigir cambios sin involucrarse.
La política, por su parte, ha contribuido a esta desconexión. Los discursos son obsoletos, las instituciones carecen de legitimidad y los partidos se han convertido en maquinarias clientelistas. Frente a este panorama, la Generación Z reacciona con desconfianza o apatía. Y, sin embargo, en su indiferencia reside un peligro mayor: la abdicación del poder ciudadano. Cuando millones de jóvenes dejan de votar o lo hacen sin conciencia, la democracia se convierte en una ruleta emocional dominada por el marketing, las redes y los algoritmos.
No es un fenómeno aislado del Perú. En buena parte del mundo, esta generación ha sustituido la lectura por el consumo audiovisual y el debate por el espectáculo. Pero en un país como el nuestro, donde la institucionalidad es frágil y el populismo se reinventa en cada elección, esta apatía juvenil puede definir el rumbo de la nación. Un voto sin reflexión es un voto fácilmente manipulado. Y un electorado sin raíces es el terreno fértil de los demagogos.
Sin embargo, aún hay esperanza. La Generación Z podría convertirse también en la generación del despertar. Para ello, el país necesita una revolución educativa y cultural que devuelva a las aulas la enseñanza del civismo, la ética pública y la historia del Perú. No basta con enseñar informática o inglés: hay que enseñar patriotismo, identidad y pensamiento crítico. Un joven que no conoce el sacrificio de Grau o Bolognesi, que no comprende el sentido del voto o la importancia de la ley, difícilmente podrá construir un país mejor.
El futuro del Perú no depende solo de sus líderes, sino del nivel de conciencia de sus ciudadanos. Si esta generación continúa anestesiada por la trivialidad digital, heredará una república vacía de valores. Pero si asume el reto de pensar, informarse y amar a su patria, podrá convertirse en el motor de una nueva refundación moral.
La democracia sin educación cívica no es libertad: es caos disfrazado de elección. Y un voto sin conciencia no es un acto de soberanía, sino una renuncia silenciosa al destino del país. En el 2026, el Perú no solo elegirá un presidente; elegirá también entre la lucidez y la ignorancia, entre la responsabilidad y la inconsciencia, entre la república o su propia disolución.
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