RES POLITICA MUNDIALIS - 29. GÉNESIS DEL DILUVIO: LIBRO I, VERSÍCULO II — EL CONGRESO

29. GÉNESIS DEL DILUVIO: LIBRO I, VERSÍCULO II — EL CONGRESO

Entrada libre para burros parlantes, camaleones oportunistas y hienas con inmunidad.

Y vio Noé que la política era farsa,

y decidió no volver a construir un arca jamás.


Por Joseph Abraham Villacorta Olano, M.D.


El Arca de Noé y el Congreso Dicen que Noé construyó su arca por mandato divino para salvar a las especies del diluvio. Nuestro Congreso, en cambio, parece haber sido construido por mandato del absurdo, para rescatar del olvido a las especies más exóticas del reino político: los ignorantes parlantes, los depredadores de presupuesto, los reptiles de la burocracia y las aves carroñeras del oportunismo. Todos ellos, machos y hembras, han entrado de dos en dos por las puertas de la patria. Como en el arca original, aquí también hay de todo. Los perezosos, que no hacen nada salvo cobrar. Los leones, que rugen en las cámaras para defender su manada de intereses. Los camaleones, expertos en cambiar de color político según sople el viento del poder. Y las hienas, siempre riendo, siempre hambrientas, disputando los restos del erario. La fauna congresal es tan variada que hasta Darwin habría reescrito su teoría de la evolución si los hubiera conocido. Noé, al menos, tenía una misión noble: preservar la vida. Nuestros congresistas, en cambio, parecen decididos a extinguir la esperanza. Su arca no navega hacia la salvación, sino que flota a la deriva en un mar de escándalos, blindajes y comisiones inútiles. Allí, entre el olor del populismo y el graznido de los discursos vacíos, los animales de corbata se reparten el heno del Estado y discuten quién merece el trono del establo. Y como en toda arca, hay un capitán que dice guiar el rumbo, aunque nadie sabe hacia dónde. Algunos reman en círculo, otros abren huecos en el casco, y los más audaces lanzan por la borda a quien intente poner orden. No falta quien predique la moral mientras roba los tablones del barco, ni quien se santigüe antes de traicionar a su bancada. Mientras tanto, el pueblo —ese océano inmenso e ignorado— observa desde la costa cómo el arca se aleja, cargada de promesas incumplidas y discursos enmohecidos. Algunos aún creen que después del diluvio vendrá un arcoíris. Pero en el Congreso peruano, el arcoíris siempre termina en la misma nube gris: la impunidad. Cuando por fin amaine la tormenta, quizás Dios, desde su eterno silencio, mire hacia Lima y diga con resignación: “Debería haber dejado fuera a algunas especies.” Porque esta arca no fue hecha para salvar, sino para conservar: conservar los vicios, la mediocridad y la fauna política que sobrevive a todo, incluso al sentido común.

Y así, mientras el pueblo se ahoga en promesas, el Arca sigue a flote. No por milagro divino, sino por la grasa política que nunca se hunde.

Noé salvó especies; el Congreso, vicios. Y mientras exista esta arca, el diluvio moral será eterno.

4 de noviembre 2025

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