RES POLITICA MUNDIALIS - 37. LOS POLÍTICOS CIRCENSES
37. LOS POLÍTICOS CIRCENSES:
LA REPÚBLICA DE NARIZ ROJA
Por Joseph Abraham Villacorta Olano, M.D.
Donde los payasos legislan, los magos roban y el pueblo paga la función.
Una coreografía perfecta de corrupción, ignorancia y cinismo.
El circo político peruano es, simultáneamente, una obra teatral de la absurdidad y una función permanente de variedades grotescas, donde payasos, magos de baratija, malabaristas de promesas imposibles y contorsionistas del engaño se disputan el protagonismo bajo la carpa raída de la República. El país entero, mientras tanto, es el pavo navideño: paga la entrada, sostiene la función y finalmente termina servido en la mesa del banquete de la corrupción.
Las marionetas del Congreso bailan al son de hilos invisibles movidos por titiriteros sin rostro: intereses oscuros, lobbies voraces y ambiciones personales sin patria ni pudor. Cada sesión parlamentaria es un nuevo número circense: hoy el acto del insulto, mañana el espectáculo del chantaje, pasado mañana la acrobacia de cambiar de bando sin despeinarse. El público —la ciudadanía— ríe a carcajadas, no por diversión, sino por puro instinto de supervivencia ante una farsa pintada de estupidez que aún se atreve a llamarse “política”.
¡Qué espectáculo tan grotesco, triste y deprimente! Los políticos se contorsionan, convulsionan, gritan, vociferan y gesticulan con la intensidad de un teatro de sombras, pero en realidad no dicen nada. Sus discursos son cajas vacías envueltas en palabras huecas, fuegos artificiales que iluminan el cielo unos segundos y luego dejan más oscuridad que antes. Es un extraordinario ballet de la idiotez, una coreografía sincronizada de la mediocridad, un desfile interminable de ignorancia maquillada con trajes caros y sonrisas impostadas.
Bajo esta carpa, los magos prometen sacar prosperidad de un sombrero agujereado, los ilusionistas venden desarrollo envuelto en humo, y los payasos, con narices rojas y trajes coloridos, nos aseguran que todo está bajo control mientras el suelo se incendia bajo nuestros pies. El maestro de ceremonias anuncia cada número con entusiasmo impostado, aunque el telón ya esté en llamas y las cuerdas de la carpa crujan a punto de colapsar.
Y aun así, la función continúa. El público, resignado, aplaude por inercia. Algunos lanzan tomates, otros ríen para no llorar, y muchos simplemente se marchan del circo, emigrando hacia otras tierras donde las funciones son menos trágicas. Mientras tanto, los artistas del desastre se reparten la taquilla, discuten entre ellos por quién recibirá más reflectores y ensayan el próximo número de traición, mentira o corrupción.
¡¡¡Viva el Perú, amigos, viva el Perú, el país de las maravillas!!! Donde la política es una ilusión óptica y un chiste mal contado, como el “pollo del analfabeto”, y donde la realidad —nuestra realidad— es una tragedia griega representada sin descanso. Sófocles y Eurípides se quedarían sin aliento y sin palabras ante el increíble y triste espectáculo teatral de estos actorcillos políticos que confunden el escenario con la nación.
Pero toda obra llega a su final. Toda farsa termina cuando el público decide abandonar la sala.
LA FUNCIÓN NO DEBE CONTINUAR.
22 de enero 2026
Por Joseph Abraham Villacorta Olano, M.D.
Donde los payasos legislan, los magos roban y el pueblo paga la función.
Una coreografía perfecta de corrupción, ignorancia y cinismo.
El circo político peruano es, simultáneamente, una obra teatral de la absurdidad y una función permanente de variedades grotescas, donde payasos, magos de baratija, malabaristas de promesas imposibles y contorsionistas del engaño se disputan el protagonismo bajo la carpa raída de la República. El país entero, mientras tanto, es el pavo navideño: paga la entrada, sostiene la función y finalmente termina servido en la mesa del banquete de la corrupción.
Las marionetas del Congreso bailan al son de hilos invisibles movidos por titiriteros sin rostro: intereses oscuros, lobbies voraces y ambiciones personales sin patria ni pudor. Cada sesión parlamentaria es un nuevo número circense: hoy el acto del insulto, mañana el espectáculo del chantaje, pasado mañana la acrobacia de cambiar de bando sin despeinarse. El público —la ciudadanía— ríe a carcajadas, no por diversión, sino por puro instinto de supervivencia ante una farsa pintada de estupidez que aún se atreve a llamarse “política”.
¡Qué espectáculo tan grotesco, triste y deprimente! Los políticos se contorsionan, convulsionan, gritan, vociferan y gesticulan con la intensidad de un teatro de sombras, pero en realidad no dicen nada. Sus discursos son cajas vacías envueltas en palabras huecas, fuegos artificiales que iluminan el cielo unos segundos y luego dejan más oscuridad que antes. Es un extraordinario ballet de la idiotez, una coreografía sincronizada de la mediocridad, un desfile interminable de ignorancia maquillada con trajes caros y sonrisas impostadas.
Bajo esta carpa, los magos prometen sacar prosperidad de un sombrero agujereado, los ilusionistas venden desarrollo envuelto en humo, y los payasos, con narices rojas y trajes coloridos, nos aseguran que todo está bajo control mientras el suelo se incendia bajo nuestros pies. El maestro de ceremonias anuncia cada número con entusiasmo impostado, aunque el telón ya esté en llamas y las cuerdas de la carpa crujan a punto de colapsar.
Y aun así, la función continúa. El público, resignado, aplaude por inercia. Algunos lanzan tomates, otros ríen para no llorar, y muchos simplemente se marchan del circo, emigrando hacia otras tierras donde las funciones son menos trágicas. Mientras tanto, los artistas del desastre se reparten la taquilla, discuten entre ellos por quién recibirá más reflectores y ensayan el próximo número de traición, mentira o corrupción.
¡¡¡Viva el Perú, amigos, viva el Perú, el país de las maravillas!!! Donde la política es una ilusión óptica y un chiste mal contado, como el “pollo del analfabeto”, y donde la realidad —nuestra realidad— es una tragedia griega representada sin descanso. Sófocles y Eurípides se quedarían sin aliento y sin palabras ante el increíble y triste espectáculo teatral de estos actorcillos políticos que confunden el escenario con la nación.
Pero toda obra llega a su final. Toda farsa termina cuando el público decide abandonar la sala.
LA FUNCIÓN NO DEBE CONTINUAR.
22 de enero 2026
LA FUNCIÓN NO DEBE CONTINUAR.
22 de enero 2026
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